La vieja ciudad de Berlín estaba siendo azotada por la lluvia, las luces de la ciudad no hacían más que dar un imagen de nostalgia de tiempos que no volverán jamás, las calles estaban casi vacías, los únicos que se atrevían a recorrer sus caminos en la lluvia, eran los hombres grises, que no disponían de tiempo, ni para procurarse a ellos mismos, los automóviles, ahora eran limitados en su capacidad de moverse, el tiempo parece haber dado una cierta tregua a sus esclavos, hombres que por unos instantes estaban libres del tiempo.
-Creo que ahora tendré que pedir permiso para morir un poco.
Con permiso, ¿eh? No tardo, gracias...-
Eso fue lo último que le escuche decir antes del ya acostumbrado concierto de ronquidos... unos instantes después decidí hundirme en su mirada, pero fue en vano. Entonces me hundí en el pensamiento. Supe que ya solo podría pensarlo. El había decidido escapar, no solo un poco, realmente se estaba dejando ir.
-He imaginado que terminaré cuidando tu cuerpo de la descomposición.-
...Al principio fue fácil, su calor duró poco pero fue suficiente para entender que se desvanecía, bueno, y también se inflaba, se brotaron sus ojos, sus venas, parecía una bomba de tiempo que en cualquier momento estallaría. No me equivoque. Tardó poco para que sus fluidos inscribieran una obra de arte en el desván. Debo admitir que le faltaba vida, “al desván”. Decidí no limpiar, su colorido reflujo cambiaría progresivamente como un holograma, y era una buena alternativa a falta de cable de televisión.
I
Las palabras fueron avispas y las calles como dunas, yo aún te espero llegar. Llega trabajosamente el Mercedes Benz a este pueblo que, como tantos otros, es partido en dos por la carretera que zigzaguea en rumbos tan lejanos como el pasado; ésta es a su vez camino principal, ventana al mundo, salida y única entrada de caballeros sin princesas ni castillo, como yo. Es difícil imaginar que este monstruo de metal, motor y ruedas, decrépito y cansado llegó de Europa hace tanto, y terminó aquí, entre peces mágicos, gastadas fuentes verdes de obsidiana, música de pequeñas plazas, misas de medio día, paseos aburridos en familia y maltratadas estatuas de héroes olvidados. Olvidados, como este oasis del tiempo, perdidos todos en la espina dorsal del universo, donde el hoy, el ayer y el mañana se confunden y diluyen; son uno y miles, se repiten día a día pero nunca vuelven.
Una crítica sentida; el origen de la violencia en la forma de alimentarnos. ¿Cómo regulamos y legitimamos nuestros actos y cómo hay un estándar de violencia que incluso es consumido, consumible, que legitima el estado de la violencia urbana? ¿Hubo valores primordiales? ¿Han decaído por completo? ¿Son recuperables? ¿Si fueran frutos de un árbol perdido, es posible volver a organizarnos bajo su copa? Si miramos algunas líneas de este cuento, crónica y ensayo y quizás alguna obra de arte, que en él cito, podemos considerar volver al redil para animar el espíritu del amor incondicional por la vida.